Madrid es esa clase de ciudades que a veces concede un regalo repentino a quien pasea por sus calles. O por debajo de ellas. El otro día iba en el metro y sin darme cuenta me encontré leyendo un poema de Joan Margarit que se hallaba estampado en la pared del suburbano. Mis ojos contemplaron sin pestañear aquellos ocho versos, a través del diverso gentío que se agolpaba junto a mí. Mientras recorríamos las tripas metropolitanas contoneándonos con el vaivén del traqueteo, pude sentir la lluvia golpear sordamente los cristales y oír el ladrido distante de aquél perro solitario. Me sentí misteriosamente feliz y ahora cobran sentido las palabras que una vez dijo el propio Margarit: «La alegría sólo puede extraerse de la realidad, por cruda que ésta sea».La escucho y cae la lluvia,
y pienso en aquel perro solitario
que iba detrás del ataúd de Mozart.
Le sigo en los compases de este piano
y en los caminos que dibuja el agua
al irse deslizando en los cristales.
Voy, misteriosamente feliz, siguiendo a un perro
hecho a la vez de música y de lluvia.
Joan Margarit. “Misteriosamente feliz”
No sé a qué se refería Margarit con eso de ‘misteriosamente feliz’, pero son dos palabras que a veces pueden describir esa sensación que uno prueba cuando se topa de repente con un pequeño detalle inesperado y, misteriosamente, sonríe. Me atrevería a decir que es casi una obligación ser capaces de saborear esas pequeñitas golosinas que de vez en cuando caen en nuestra boca sin que nos demos cuenta. Celie, en El Color Púrpura (S. Spielberg, 1985) lo explica perfectamente: «Creo que Dios se enfada si pasas ante el color púrpura en el campo sin fijarte en él». A veces sólo se trata de eso.
MARTIN: Ni consiguiendo lo que quieres estás contento. Frasier, hijo, la vida no es dura, ¡tu la haces dura! Tú no disfrutas de las cosas sin más, tienes que analizarlo todo hasta la muerte. Mira, podrías aprender una buena lección de este perro. ¿Sabes con qué se contenta? ¡Con un calcetín!




